Agua

 

Acuíferos, arterias de vida en peligro

 

Las aguas subterráneas son un bien escaso, desigualmente repartido y sometido a intensa explotación, a veces insostenible. Además, resultan fácilmente afectadas por las actividades externas potencialmente contaminantes. De los tres usos principales de esta agua, agricultura, industria y abastecimiento, es este último el que se muestra más sensible a las agresiones externas. Así, en la legislación de aguas y en especial en la Ley de aguas de 1985, se establecen mecanismos tendentes a la protección del agua que garanticen su calidad y con ello la salud pública. En periodos de sequía, los acuíferos resultan vitales para el suministro de agua. Por ello, y por su importancia en la economía y en la calidad de vida, la Directiva Marco del Agua fija en el año 2015 el horizonte para lograr el buen estado cuantitativo y químico de los acuíferos y exige adoptar medidas para impedir o limitar la entrada de contaminantes en las aguas subterráneas.

En épocas de sequía, como la que atraviesan amplias zonas de Andalucía en la actualidad, la atención se centra en los acuíferos subterráneos. La región consume en torno a 1.200 hectómetros cúbicos de agua procedente de pozos y manantiales, lo que supone un 45% de su gasto hídrico total, según el Instituto Geológico y Minero de España (IGME). Estas cifras sitúan a la comunidad andaluza por encima de la media española, que se sirve mayoritariamente (70%) de recursos de agua circulante y pantanos. Aparte de los archipiélagos canario y balear, que se nutren casi totalmente de acuíferos, en la península, la Comunidad Valenciana es la que más recurre a los pozos, con un 56% de su consumo total, mientras que en el extremo opuesto, Madrid bebe casi exclusivamente (90%) de embalses y cursos de agua.

Si en el conjunto de España, los acuíferos representan apenas un tercio del consumo total de agua, muchos países del resto de Europa dependen casi en exclusiva de los pozos, de acuerdo con los datos del IGME. En esta situación se encuentran Dinamarca (99%), Italia (88%), República Checa (83%) o Francia (73%).

En Andalucía, el porcentaje se reduce al 45%, lo que supone que se utilizan 1.223 hectómetros cúbicos de agua de los aproximadamente 3.800 que se calcula que contienen las cavidades hídricas en la región.

Pozo en Moguer. ADENA 2005
Pozo en Moguer. ADENA 2005

Clases de acuíferos

 

Un acuífero es una estructura geológica que contiene agua y que es capaz de cederla en cantidades aprovechables mediante galerías, zanjas, pozos, sondeos o el uso directo de manantiales.

Para que una estructura sea considerada como acuífero no es suficiente con que contenga agua, sino que además debe estar disponible para su uso. Se evita de esta manera considerar como acuíferos algunas formaciones, especialmente arcillosas, que a pesar de contener cantidades importantes de agua, ésta no puede ser extraída por los métodos tradicionales. Sin embargo no por ello pierden importancia pues pueden ceder notables cantidades de agua a otras formaciones adyacentes y ser extraídas de estas.

Tradicionalmente, en función de las características de la formación, se acostumbra a diferenciar los acuíferos carbonatados de los acuíferos detríticos y los acuíferos aluviales.

En las formaciones carbonatadas, presentes en el área de las Cordilleras Béticas y en Sierra Morena, los materiales constituyentes de los acuíferos son, frecuentemente, calizas, dolomías, mármoles y algunas margas calcáreas, y su permeabilidad está en relación directa con las redes de fracturas que, a lo largo del tiempo, van ampliándose por disolución, siguiendo un proceso que se conoce como carstificación. En estas formaciones el agua puede alcanzar velocidades importantes, muy superiores a las que tienen lugar en los materiales granulares y, por tanto, son muy vulnerables a la contaminación.

Los acuíferos detríticos están formados por materiales granulares, conglomerados, arenas, limos y arcillas, alternando horizontes impermeables o semiimpermeables, con otros permeables, dando lugar a acuíferos denominados multicapa que pueden contener aguas de diferentes calidades. Su capacidad de contener y transmitir agua es función del porcentaje de huecos disponibles entre sus partículas. Normalmente, la velocidad de circulación del agua es muy pequeña, inferior a la que tiene en los acuíferos carbonatados.

Los acuíferos aluviales son, realmente, acuíferos detríticos, de los que se destacan por razones puramente expositivas. Es de destacar la gran conexión hidráulica que suele existir entre el río y su aluvial, de manera que, dependiendo de las condiciones del nivel del río frente al piezométrico del acuífero, puede aquél alimentar a éste (río influente) o viceversa (río efluente).

Un acuífero es simultáneamente almacén de agua y vehículo de transporte de la misma en la forma de flujo subterráneo hacia un río o punto de drenaje natural. Las reservas del acuífero están constituidas por el volumen de agua que almacena y son función de los límites del acuífero, de su porosidad y de la posición del nivel piezométrico. Unas lluvias intensas elevan la posición de este nivel, incrementando las reservas e intensificando el flujo subterráneo instantáneo.

 

Fuente: Agencia Andaluza del Agua

  

 

 “Las aguas subterráneas han sido tradicionalmente las grandes desconocidas de nuestro sistema hídrico. Sin embargo, la importancia de éstas en la economía y en la calidad de vida de los andaluces es evidente”. 

 

 

 

 

 

Acuíferos y contaminación

 

Existen tres factores fundamentales para la degradación de los acuíferos: la contaminación, la sobreexplotación y la intrusión marina. La contaminación de los acuíferos se produce por diversos motivos, entre los que pueden destacarse el frecuente intercambio de flujos con las aguas fluyentes, la agricultura y la ganadería intensiva o los vertederos de residuos sólidos. A tales fenómenos hay que añadir el de la intrusión marina provocada por la sobreexplotación de sistemas acuíferos en el litoral que supone la salinización de los mismos y por tanto su gradual anulación como reserva de recursos.

Los resultados de la agresión que suponen los vertidos sobre cauces de aguas superficiales son fáciles de detectar mediante técnicas sencillas de muestreo y análisis. Sin embargo, las aguas subterráneas pueden llegar a situaciones de grave agresión sin mostrar ningún signo de que ello está ocurriendo.

Tradicionalmente, se ha considerado que las aguas subterráneas se encuentran resguardadas de la contaminación, y así ha sido mientras que las agresiones provenían de una moderada actividad agraria, limitado uso de abonos artificiales y riesgo muy restringido. La ganadería era en su mayor parte extensiva o limitada a pequeñas granjas y los vertidos industriales sobre la superficie permeable de los acuíferos también era limitada.

La situación actual es diferente, ya que la agresión potencial al medio subterráneo es muy intensa. En la agricultura moderna el uso de abonos y plaguicidas se ha generalizado, la superficie en regadío ha aumentado en gran medida. Por otra parte, la ganadería precisa de grandes instalaciones para la crianza y engorde de los animales. Además, la creciente actividad industrial genera cada vez mayor cantidad de vertidos, a veces introducidos directamente en los acuíferos a través de pozos o sondeos.

Los problemas relacionados con la cantidad y calidad del agua subterránea se perciben con notable retraso respecto del momento en que se inician, como consecuencia de la lenta dinámica de las aguas que circulan por el subsuelo. La excesivas extracciones en relación con la recarga del acuífero tienen como consecuencia el descenso de la piezometría y, por tanto, un descenso en los niveles de los pozos. El efecto puede confundirse con las oscilaciones estacionales debido a las variaciones en la pluviometría y, por ende, en la recarga anual. Sólo el descenso progresivo de niveles a lo largo de unos años, función de la capacidad y reservas del acuífero, permitirá diagnosticar el problema con mayor precisión.

La contaminación del acuífero está, asimismo, condicionada por las especiales características del flujo subterráneo. La capacidad de la zona no saturada para filtrar, retener y depurar los agentes contaminantes determina un cierto grado de protección frente a la contaminación externa, tanto natural como artificial. A ello se añade la, en general, baja velocidad de propagación de las aguas en el acuífero que hace que el avance del frente contaminante sea lento. Naturalmente, ello depende de la permeabilidad o transmisividad del acuífero. La mayor o menor facilidad con que un acuífero puede ser contaminado determina su grado de vulnerabilidad que depende del tipo de contaminantes, así como de los factores intrínsecos de las zonas saturada y no saturada.

Cuanto más desarrollado esté el suelo, más fina sea la textura granular del subsuelo y más profunda se encuentre la zona de saturación, menos vulnerable resultará el acuífero a la contaminación por elementos absorbibles o no degradables.

Sin embargo en plazos más o menos largos, muchos de estos elementos, entre los que cabe destacar los metales pesados y los compuestos orgánicos persistentes que se encuentran en algunos pesticidas, alcanzan finalmente la zona saturada e inician el proceso de contaminación del acuífero. Los acuíferos carbonatados son, en este sentido, los más vulnerables, ya que presentan una alta permeabilidad, generalmente por fisuración y carstificación, por lo que el acceso del contaminante a la zona saturada es relativamente fácil y rápida.

Ocurre en menor medida en los acuíferos detríticos, especialmente en los confinados sobre los cuales existe un material relativamente impermeable que dificulta o impide la percolación desde la superficie del terreno. Esta lentitud en los procesos de transmisión y percepción de los problemas de contaminación en los acuíferos hace que sean lentos los efectos de las medidas que pueda adoptarse en su resolución. Por tal motivo, la gestión de los recursos subterráneos debe basarse, fundamentalmente, en políticas de prevención, actuando más sobre las causas que sobre los efectos.

Con anterioridad a la entrada en vigor de la Ley de Aguas de 1985, las aguas subterráneas tenían la consideración de aguas privadas, lo que dificultaba la aplicación de tales políticas preventivas de carácter general. No obstante, en situaciones especialmente conflictivas se han tomado diversas medidas.

Las fuentes de contaminación de las aguas subterráneas son muy variadas, y cualquier actividad que produzca desechos líquidos o sólidos susceptibles de ser puestos en disolución constituye un foco de potencial contaminación. En general, pueden distinguirse, en función del tipo de contaminante y forma de disponerlos sobre la superficie de los acuíferos, los siguientes tipos de focos:

-Focos areales, son aquellos cuyos productos de desecho se distribuyen sobre una amplia superficie de terreno. El ejemplo más frecuente son los vertidos producidos por la ganadería extensiva, en la que se produce una diseminación de los residuos que permite, en la mayoría de las ocasiones, que los procesos naturales de depuración sean suficientemente eficaces para asegurar la calidad del agua del acuífero.

-Focos puntuales, cuando el vertido contaminante se concentra en una reducida superficie o es introducido directamente en el acuífero a través de pozos o sondeos.

-Contaminantes conservativos, son aquellos que no sufren ningún tipo de transformación cuando atraviesan los materiales que forman el acuífero conservando intacta su estructura química y por ello su capacidad de agresión al medio o a la salud pública.

-Contaminantes no conservativos, cuando en su paso a través del acuífero interaccionan con los materiales que lo forman, alterándose su estructura química. Hay que tener precaución al tratar los contaminantes no conservativos, pues con frecuencia la alteración de una molécula da lugar a otra más tóxica.

“Las fuentes de contaminación de las aguas subterráneas son muy variadas, y cualquier actividad que produzca desechos líquidos o sólidos susceptibles de ser puestos en disolución constituye un foco de potencial contaminación”.

 

Prevención y control

 

Las aguas subterráneas son un bien escaso, desigualmente repartido y sometido a intensa explotación. Además, resultan fácilmente afectadas por las actividades externas potencialmente contaminantes. Por ello, en la legislación de aguas y en especial en la Ley de aguas de 1985, se establecen mecanismos tendentes a la protección del agua que garanticen su calidad y con ello la salud pública.

Debido a la particular naturaleza y funcionamiento de los acuíferos, su limpieza o descontaminación es difícil y costosa, cuando no imposible, por lo que las medidas de tipo preventivo suelen ser las únicas viables o al menos las más asequibles técnica y económicamente. Por ello,  se debe recurrir a una cuidadosa planificación y correcta gestión del uso del agua y de ubicación de las actividades consideradas como potencialmente contaminantes. En cualquier caso, el establecimiento de un sistema de redes de vigilancia y control de las aguas subterráneas es imprescindible para poder controlar la evolución de este preciado recurso.

 

La Ley de Aguas de Andalucía asegura la protección y recuperación de los acuíferos de Andalucía

La nueva normativa beneficia a los usuarios de aguas subterráneas en la gestión de estos espacios

Huerta de las Pilas (Algeciras)
Huerta de las Pilas (Algeciras)

Por primera vez la administración hidráulica exige a los usuarios la necesidad de obtener autorizaciones para extraer agua de pozos por debajo de los 7.000 metros cúbicos, cuando la masa de agua esté declarada en riesgo de sobreexplotación. Gracias a esta nueva reglamentación las captaciones que anteriormente sólo necesitaban una notificación tendrán que ser autorizadas y, de esta forma, se evitarán extracciones por encima de las posibilidades de acuíferos en peligro.

Con respecto a las compañías dedicadas a sondeos y construcción de pozos e instalaciones de captación de aguas subterráneas están obligadas a facilitar un inventario de las operaciones realizadas, características y localización de las mismas, previo requerimiento de la Agencia Andaluza del Agua, y en los plazos y forma que se regulen reglamentariamente.

“La Directiva Marco del Agua fija en el año 2015 el horizonte para lograr el buen estado cuantitativo y químico de los acuíferos”

El papel de los acuíferos en Doñana

 

El Parque Nacional de Doñana se localiza en el extremo meridional del sistema acuífero número 27, y dentro de éste en la subunidad Almonte-Marismas, que abarca una superficie del orden de 2.300 km2, limitada, al norte por el Tinto y los afloramientos de las margas azules del Mioceno superior-Plioceno, al este y suroeste, los ríos Guadiamar y Guadalquivir, y de noroeste a sureste, el océano Altántico. La supervivencia del Parque Nacional de Doñana depende, entre otros factores, del agua superficial y subterránea. La primera aporta caudales que inundan la marisma durante parte del año, y a la segunda se debe la existencia ininterrumpida de zonas húmedas y charcas.

Los orígenes de las aguas que provocan la inundación de las marismas son, fundamentalmente, la lluvia caída directamente sobre su superficie, y el desbordamiento de los ríos que confluyen a esa área, es decir, lo que clásicamente se denomina aguas superficiales. En el sector de la unidad hidrogeológica que funciona como acuífero libre, estas aguas y las subterráneas están íntimamente conexionadas en los ríos y arroyos, y por tanto, una parte del agua que alcanza las marismas tiene un origen subterráneo, al proceder de la descarga del acuífero.

El papel del agua subterránea en el Parque Nacional es de gran valor. En estiaje, la vida animal y vegetal puede continuar gracias a las aguas subterráneas. Si éstas no existiesen, no se hubiera podido desarrollar la importante reserva ecológica que representa Doñana. Así, en el ecosistema de las dunas, en donde el nivel piezométrico del acuífero está próximo a la superficie, es posible mantener en los “corrales” una humedad en el suelo que se conserva durante todo el año. En el ecotono de La Vera La Retuerta, la superficie piezométrica se sitúa también muy alta, ligeramente por encima del nivel de marismas. Como consecuencia, en toda esta franja límite, son normales las zonas húmedas y las lagunas.

Las aguas subterráneas que circulan por el acuífero profundo influyen igualmente en la ecología del Parque. Una parte de las mismas pueden ascender, muy lentamente, a través de las arcillas semipermeables, cargándose en sales. Al llegar a la superficie se evaporan, salinizando los metros más superficiales, fundamentalmente con cloruros.

Las aguas subterráneas pueden contemplarse en otra vertiente distinta. Los conocimientos adquiridos pueden aplicarse para potenciar la vida en el ecosistema. Así, mediante la explotación racional de los recursos subterráneos pueden crearse nuevas zonas húmedas, como la laguna artificial del Acebuche. En épocas particularmente secas, es posible llenar lucios y lagunas naturales mediante la construcción de sondeos y extracción de agua subterránea, tal como se hizo en el Palacio de Doñana.

La organización WWF ha advertido que la sobreexplotación del acuífero 27, que en algunos puntos ha sufrido descensos de 40 metros, ha reducido el agua disponible para los ríos y humedales de Doñana. Entre otros riesgos, destaca que en concreto el arroyo de la Rocina ha visto disminuido su caudal en un 50 por ciento en los últimos 30 años y las marismas del Parque Nacional de Doñana reciben ahora tan sólo el diez por ciento del agua que les llegaba de forma natural del acuífero y de los arroyos de la zona, lo que supone un descenso del 90 por ciento.

Fuentes:

Agencia Andaluza del Agua

Ministerio de Medio Ambiente

IGME (Instituto Geológico y Minero de España)

Confederación Hidrográfica del Guadalquivir

SIAS (Sistema de Información de Aguas Subterráneas)

 

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