Opinión

 

NUEVE LÍNEAS ROJAS PARA SALVAR EL PLANETA

 

Siempre que necesitamos denunciar atropellos contra el medio ambiente nos asalta la duda de si esas críticas no contribuirán a acentuar el pesimismo y, por tanto, la inmovilidad de la gente. En definitiva, si los mensajes que las organizaciones ecologistas enviamos van en la línea de que el planeta se va al garete, resulta que estamos cosechando resultados opuestos a los que pretendemos alcanzar.

 

Viene este preámbulo a cuento porque siempre es necesario que las señales de alerta vayan acompañadas de respuestas en sentido proactivo, es decir, haciendo hincapié en lo que podemos, debemos, sabemos y tenemos que hacer.

Es lo que ha efectuado un grupo internacional de científicos advirtiendo recientemente en Nature de que, si la humanidad quiere seguir viviendo en un planeta estable, tiene que respetar nueve líneas rojas  que son fundamentales para conservar la Tierra.

Johan Rockström, investigador de la Universidad de Estocolmo (Suecia), junto a un nutrido grupo de expertos medioambientales de tres continentes, señala que tres de estos límites ya se han cruzado: las emisiones de CO2, la extinción de especies y el equilibrio del ciclo del nitrógeno. Otros cuatro están a punto de caer y afectan al uso de agua dulce, la acidificación de los océanos, la deforestación y la sobreproducción de fósforo. Junto a estos procesos, también alertan de que es preciso reducir los vertidos químicos al medio ambiente y los daños a la capa de ozono.

Ofrecer soluciones a los nueve puntos, representaría pues un nuevo pacto con el planeta para que pudiera asegurar las características que ha tenido durante los últimos 10.000 años y que han posibilitado el progreso de las civilizaciones.

El Premio Nobel Paul Crutzen, uno de los firmantes del artículo, acuñó en 2000 el término Antropoceno para explicar que la actividad humana en la Tierra ha inaugurado una nuevo periodo geológico en el que los procesos que gobiernan el planeta ya no están controlados por la naturaleza, sino por el hombre. El Antropoceno vendría a sustituir al Holoceno, el periodo que ha sucedido a los de intensos fríos glaciales y que ha permitido al hombre nacer, multiplicarse y crear civilizaciones durante milenios. El uso de combustibles fósiles desde la Revolución Industrial y la expansión de la agricultura química amenazan ese equilibrio que ha hecho posible la vida. Para evitar las catástrofes que se nos vienen encima han identificado nueve áreas y han fijado límites exactos para siete de ellas. El problema, dicen, debe ser abordado de forma global.

Estas indicaciones de alarma no implican que tengamos que actuar sólo cuando hayamos sobrepasado los límites (o líneas rojas), sino que deberían tomarse como frentes de acción prioritarios antes de que el sistema global se desestabilice.

Veamos las 9 propuestas de los científicos.

 

1. Emisiones de C02 desbocadas.
Las emisiones de CO2 deben reducirse a 350 partes por millón si no se quiere llegar a un punto de no retorno.

El aumento de las emisiones de CO2 es uno de los límites que ya se han transgredido. Las emisiones actuales se acercan a las 390 partes por millón (ppm), mientras que antes de la Revolución Industrial eran de 280 ppm. Los expertos proponen un límite de 350 ppm, que es el banderín de enganche de un conjunto de redes sociales que se movilizaron fuertemente en todo el mundo a lo largo de las sesiones fracasadas de la cumbre de Copenhague.

Este límite permitiría asumir el margen de error de los actuales modelos climáticos, cuyas estimaciones de ascenso de las temperaturas en función de las emisiones podrían ser hasta dos grados menores que en la realidad. También permitirían conservar los dos casquetes polares y detener el retroceso del hielo en los glaciares de montaña, el Ártico y la Antártida.

Lo que se decida en la cumbre de México de finales de este año va a ser decisivo, porque sobrepasar los 2 ºC (lo que alumbran todos los escenarios climáticos con las tendencias actuales), supondría la imposibilidad de controlar las repercusiones del Cambio Climático sobre nosotros y los sistemas naturales.

2. Aumenta la extinción de especies.
La desaparición de seres vivos es entre 100 y 1.000 veces superior a la que existía antes de la Revolución Industrial.

El número de especies extinguidas desde la llegada del hombre a la Tierra no tiene precedente desde la última extinción en masa. Antes de la Revolución Industrial, desaparecía, como máximo, una especie de cada 1.000 al año. En la actualidad, el ritmo al que se están extinguiendo las especies es entre 100 y 1.000 veces mayor al que podría considerarse natural, según el estudio. El ser humano es el principal culpable. Los expertos han fijado un límite de 10 especies por cada 1.000 cada año.

El año internacional de la Biodiversidad nos está anunciando la posibilidad de meternos en la sexta extinción. España está considera como uno de los 33 puntos críticos de la biodiversidad mundial, pero tampoco se libra de esta delicada situación, ya que en nuestros campos, el 33% de nuestros vertebrados y 15% de las plantas corren peligro de desaparecer. 23 especies de mamíferos españoles tienen algún grado de amenaza, un centenar de aves se encuentran en peligro crítico, en peligro o son vulnerables. Casi la mitad de los anfibios y reptiles de España se encuentran incluidos en alguno de los grados de amenaza que recoge la UICN y 37 peces están amenazados, es decir, más del 80% de la ictiofauna autóctona de la Península Ibérica.

3. El ciclo de nitrógeno está alterado.
El hombre fija más nitrógeno que la Tierra, lo que aumenta el calentamiento y la contaminación de acuíferos y océanos.

La agricultura intensiva depende de los fertilizantes, fosfatos, sales potásicas y sobre todo nitrógeno. Estos productos han hecho posible grandes mejoras en el rendimiento del campo y la producción agrícola, pero también generan un fortísimo impacto ambiental.

El hombre ha aprovechado esta abundancia de nitrógeno para imitar ese proceso y generar derivados para fertilizar los campos. Como resultado se producen unos 120 millones de toneladas más de nitrógeno sólido, lo que supera la producción natural de la Tierra. Gran parte de los nitratos acaban contaminando acuíferos y produciendo óxido nitroso, un gas de efecto invernadero que potencia el Cambio Climático. Los expertos proponen reducir la producción de nitrógeno un 75%.

4. Océanos demasiado ácidos.

Las aguas de los océanos se están haciendo más ácidas debido al exceso de CO2, que amenaza a corales y moluscos.

El exceso de CO2 que produce el hombre no sólo potencia el calentamiento global, sino también un proceso paralelo que hace las aguas del océano más ácidas. El CO2 disuelto en agua se comporta como un ácido, el ácido carbónico (H2CO3), que impide o dificulta la formación de los esqueletos calcáreos. Este fenómeno afecta directamente a multitud de especies que son muy sensibles a los cambios del pH, especialmente el coral y los moluscos que cubren su cuerpo con conchas. El aumento de la acidez de los océanos limita la capacidad de estos organismos de generar los resistentes productos que componen sus conchas, que son esenciales para su supervivencia. Esto tendría a su vez un impacto en el resto de especies que aún se desconoce, señalan los expertos. Hay dos minerales formados por CaCO3, el aragonito y la calcita; los científicos proponen tomar como medida la abundancia en el agua de aragonito.

5. Una sed de agua dulce insaciable.
El ser humano requiere 2.600 kilómetros cúbicos de agua cada año. El umbral de riesgo se sitúa en 4.000 km3.

El ciclo que sigue el agua dulce en el planeta ha entrado en una nueva era: el Antropoceno. La injerencia del ser humano en el curso natural de la Tierra es tal que ya es el principal responsable del flujo de los ríos, que en época de estiaje se alumbran solamente por los efluentes urbanos e industriales. Se estima que el 25% de las cuencas fluviales del mundo se seca antes de llegar a los océanos, a causa de la voracidad humana, de la descontrolada utilización del agua dulce. La amenaza por el deterioro de los recursos globales de agua es triple: la pérdida de la humedad del suelo a causa de la deforestación, el incremento de las escorrentías, y la reducción en el volumen de precipitaciones.

Según los expertos, la línea roja en el consumo de agua dulce se sitúa en los 4.000 kilómetros cúbicos al año. Actualmente, alcanza los 2.600 y va en aumento.

6. Cambios en la utilización de la tierra.
Las tierras destinadas a la agricultura no deberían superar el 15% del total, y esa cifra está hoy cercana al 12%.

La expansión de los cultivos también amenaza la sostenibilidad a largo plazo. La conversión de bosques y otros ecosistemas en tierras agrícolas ha aumentado a un ritmo medio del 0,8% cada año en el último medio siglo. Los científicos proponen que no más del 15% de la superficie de la Tierra –excluyendo los polos– se convierta en tierras de cultivo, y alertan de que, en este momento, la cifra ronda el 12%.

El estudio apunta que los sistemas agrícolas que mejor imitan los procesos naturales podrían permitir una ampliación de este límite: se trata de la agricultura de conservación, que busca preservar la funcionalidad edáfica. La degradación de la tierra, el derroche de agua de riego, el apelmazamiento por la expansión del suelo urbano o la producción incontrolada de biocombustibles, son prácticas a desterrar. Reservar las tierras más productivas para la agricultura es una de sus principales recomendaciones.

7. El fósforo y la catástrofe en los mares.
El abuso de fertilizantes en la agricultura ha provocado una sobredosis de fósforo en el mar que amenaza la vida oceánica.

Se trata de otro fertilizante del que se abusa y potencia la eutrofización de las aguas. Cada año, alrededor de nueve millones de toneladas de fósforo, procedentes sobre todo de los fertilizantes agrícolas, pero también de productos domésticos como la pasta de dientes y jabones, acaban en el océano. Si esta cantidad supera los 11 millones de toneladas, se producirá una extinción masiva de la vida marina, como ya ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia.

Este fenómeno, conocido como “evento anóxico oceánico”, se desencadena por el agotamiento del oxígeno en el agua marina a consecuencia de la sobredosis de fosfatos.. Los umbrales que provocarían la catástrofe ya se han superado en algunos estuarios y sistemas de agua dulce, pero los científicos creen que, si se mantienen los flujos de fósforo actuales, el riesgo se evitará durante el próximo milenio.

8. Reducción de la capa de ozono.
El agujero en la capa de ozono sigue existiendo, por lo que se fija un límite para garantizar la recuperación.

El agujero en la capa de ozono sobre la Antártida existirá aún varias décadas, al igual que su concentración en el Ártico. El Protocolo de Montreal, que suprimió los CFCs, es un ejemplo claro de cómo actuaciones enérgicas pueden ofrecer soluciones a problemas ambientales. El tratado ha permitido que la concentración de los productos químicos halogenados que destruyen el ozono en la atmósfera haya disminuido casi un 10%. Sin embargo, la capa de ozono tarda mucho en recuperarse, por lo que los expertos proponen un límite global a la disminución de ozono de 276 unidades Dobson –una medida del ozono–. El nivel actual es de 283 y el preindustrial era de 290.

9. Los aerosoles se duplican.
Los autores no han fijado las umbrales para la contaminación ni la cantidad de partículas en suspensión.

Producto de la actividad humana desde el comienzo de la era industrial, la concentración atmosférica de aerosoles se ha duplicado. Son partículas en suspensión en el aire, producto de la actividad industrial, de incendios y del transporte motorizado, que provocan cambios en el clima, ya que reflejan la radiación solar incidente e interfieren en la formación de nubes, lo que afecta a los ciclos de precipitaciones. Además, los aerosoles afectan directamente a la salud de las personas. Se conocen muy mal los efectos sobre la salud y los procesos meteorológicos, pero respirar nada menos que 100.000 compuestos, cada uno con su particular grado de toxicidad, tiene que afectar a la salud de los ecosistemas y altera los ciclos naturales.

No están por supuesto todos los problemas ambientales que degradan el planeta Tierra, pero nadie pondrá en cuestión que son todos asuntos relevantes, cuya resolución forma parte de los compromisos de la humanidad.

Traducir estas señales de alerta temprana en disposiciones, medidas y, sobre todo, modificaciones profundas en nuestro estilo de vida, sería la mejor de las contribuciones en el año de la biodiversidad.

Daniel López Marijuán

Ecologistas en Acción Andalucía